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¿La verdad hace daño?
Sentimientos de culpa
Psicología i Prevención
¿De quién es el problema?
¿Cómo elegimos a nuestra pareja?
El acoso moral en el lugar de trabajo
Sentirse solo
Físico y psíquico
La problemática adoptiva. ¿Es igual un hijo adoptado que uno propio?
Dormir no s'ensenya, però aprendre a estar sol, sí
Ser una pareja

¿Aconsejar o promover pensamiento?

Aportaciones del Psicoanálisis a la intervención en familias desde el trabajo social

TDAH, un abordaje integrador desde la complejidad

 

 

Artículo: ¿La verdad hace daño? - Carme Vilaginés Ortet

Son muchas las personas que, ante unos hechos que pueden producir angustia o simplemente preocupación a terceros, se preguntan qué es mejor: optar por el silencio, decir la verdad o dar una explicación "piadosa", o sea, mentir. Son muchas, también, las que se aferran a la tercera opción, ya que creen sinceramente que de esta manera pueden evitar mucho sufrimiento.

Cuando se está sometido a tensión, es inútil tratar de simular lo contrario, ya que el problema que se desea silenciar o disfrazar acaba imponiéndose con mucha más fuerza y el daño que produce suele ser mayor.

Pensemos en el caso de una familia con niños pequeños que esté pasando por un mal momento económico, emocional, etc. Los padres que, lógicamente, no quieren que los hijos sufran, hacen de tripas corazón y disimulan. Si los hijos, ante algo que no acaban de comprender, preguntan inquietos, los adultos tratan de reasegurarles diciendo que no está pasando nada. Debemos saber, ante una situación similar, que todo lo que le sucede a una familia, aunque no se explicite verbalmente, se vivencia y esta vivencia la experimentan todos sus miembros.

Si a los pequeños no se les dice la verdad (naturalmente de la manera más adecuada a la edad y a la capacidad de comprensión que tengan), ¿cómo interpretarán ellos la angustia que se respira en el ambiente? La experiencia demuestra que de la peor manera posible, ya que es inevitable que aparezca una sospecha en la mente de los niños, y suele ser más grave sospechar algo y no saber de qué se trata que tener conocimiento de la realidad, por dura que pueda parecer. Pasan a sentirse amenazados y sufren en silencio una angustia mucho mayor que la que les podría causar el conocimiento de la verdad. Además, pueden perder la confianza en los adultos e interiorizar la idea de que lo mejor es mentir, con lo cual estarían aprendiendo a funcionar a base de mentiras.

Pensemos también en los casos de enfermedades graves. Aún ahora suele ocurrir que muchos enfermos graves ignoran la realidad de su dolencia. Los familiares no se lo dicen "para que no sufran". Un estudio llevado a cabo al respecto en un centro oncológico de nuestro país, asegura que conocer exactamente el carácter de la dolencia que se padece tiene efectos beneficiosos "claramente demostrados" para los enfermos. Ante esta afirmación, pienso que no hacen falta más palabras.

 

 

 

Artículo: Sentimientos de culpa - Carme Vilaginés Ortet

Sentirse culpable por algún daño que se le haya ocasionado a una persona y no poder remediarlo, es una de las cosas más dolorosas que nos pueden ocurrir. Produce un profundo malestar que suele conllevar mucha tristeza. Toda madre sensible ha observado que, cuando sus hijos pequeños cometen una travesura y ella muestra su disgusto, los niños quedan entristecidos. Al poco rato, se le acercan y tratan de congraciarse con ella dándole un beso o intentando hacer la reír. Si ella acepta la reconciliación, los niños vuelven a sentirse amados y se muestran felices. Si la madre, especialmente enfadada, no acepta la disculpa, los niños seguirán mostrando malestar, posiblemente a base de seguir molestando para conseguir una aproximación a la madre.

En los adultos sucede lo mismo. A alguien que no consiga recuperar la aceptación de aquellos a quienes considere haber ocasionado algún daño, puede costarle mucho sentirse feliz.

Ahora bien, en estas cuestiones de culpa suele ocurrir, también, algo mucho más complicado. La comprensión psicológica nos informa de que, junto con las culpas por algún hecho concreto, toda persona puede tener sentimientos de culpa inconscientes por algo que, aunque no haya sucedido realmente, sí ha ocurrido en su mente, en un nivel inconsciente y, por tanto, desconocido. En nuestro mundo interno, y sin que nos demos cuenta de ello, se producen fantasías, ilusiones, deseos y rencores respecto a los demás. Cuando estos sentimientos son negativos (rabia, odio), quien los experimenta puede verse asaltado por una culpa muy aguda, como si hubiera cometido aquel daño que sólo existe en un rincón oscuro de su mente. No sabe a qué atribuir el dolor que experimenta, suele tratar de entenderlo a través de hechos concretos de la vida de cada día y pasa a sentirse culpable por todo. Cuando los que se relacionan con él tratan de convencerle de la falsedad de sus apreciaciones, fracasan estrepitosamente, porque la persona se enfrenta a culpas irracionales que no pueden resolverse por la vía racional.

No debemos olvidar, sin embargo, que poder sentir algo de culpa por las actuaciones poco acertadas es útil y saludable, ya que ofrece la única posibilidad de hacer algo para arreglarlo y recuperar la tranquilidad. Cuando la culpa no permite vivir tranquilo, hay que acudir a un especialista para resolverlo.



 

 

 

Artículo: Psicología y Prevención - Carme Vilaginés Ortet

A pesar de los avances indiscutibles de la Psicología, mucha gente se pregunta, todavía hoy, qué servicio puede ofrecer o, peor aún, si ofrece algo que valga la pena.

Podríamos establecer un paralelismo entre Psicología y Medicina, disciplina ésta que es, en tantos aspectos, la más próxima e interrelacionada con ella. Un médico es alguien que ha estudiado Medicina y que, tras una formación seria y una práctica determinada, está capacitada para ejercer la profesión tanto en el campo de la prevención como con enfermos leves o graves. Un psicólogo es una persona que ha estudiado Psicología y que también está capacitada, tras una profundización en su formación y en el trabajo práctico, para prevenir, diagnosticar y tratar las anomalías psicológicas de la población.


La tarea principal del psicólogo sería, sin embargo, la de intentar evitar que dichas anomalías llegaran a producirse. Si el psicólogo contara con los recursos necesarios, su función no quedaría reducida a atender la demanda de asistencia por parte de personas en momentos de crisis, sino que ocuparse de evitar que las condiciones de la vida moderna alteraran el equilibrio emocional de la población. Podría ser, pues, uno de los elementos clave para alcanzar salud y bienestar social.


Uno de los primeros pasos para llegar a esta meta preventiva sería que todo el mundo tuviera conciencia de la necesidad de preservar la salud mental, ya que repercutiría en un bienestar psíquico y también físico, porque un número muy elevado de enfermedades físicas podrían evitarse si el paciente contara con asistencia psicológica en el momento oportuno, precisamente cuando se producen los primeros síntomas de desajuste.

La sociedad actual, de condiciones tan duras y con un ritmo de evolución tan rápido, ocasiona tensiones de todo tipo que repercuten en el psiquismo de las personas. Esas tensiones suelen provocar desequilibrios leves que, a la larga, si no son atendidos, desembocan en enfermedades mentales de pronóstico más o menos grave, a veces de difícil tratamiento y recuperación, o en enfermedades físicas de diversa índole.

Los problemas de relación (en la pareja, con los hijos, con padres, hermanos o amigos, en el trabajo ...), las insatisfacciones personales, las inseguridades, los insomnios, los cansancios y las tristezas aparentemente injustificados, las "manías" o rarezas, los retrasos escolares, las holgazanerías de los niños, las agresividades inexplicables y tantas otras cosas, deberían ser el toque de alarma para iniciar una investigación en el terreno mental.

¿Por qué no suele hacerse enseguida? O ¿por qué, a veces, ni se hace? Probablemente son muchos los factores que intervienen en ello. Uno muy subjetivo puede ser el miedo a tener que enfrentarse, si se hace un trabajo de introspección, a cosas desagradables de si mismo o la angustia de pensar que habrá que replantearse cuestiones que, en su momento, resultaron dolorosas. Hay otros factores, de carácter objetivo, que también pesan bastante a la hora de dar el paso y que podrían concretarse más o menos en lo siguiente:

- Una cierta desconfianza hacia este profesional ante la mala prensa que algunos psicólogos sin escrúpulos originan.

- Un desconocimiento general de la función del psicólogo, desconocimiento fomentado precisamente por esta sociedad tan contradictoria que, por un lado, produce psicólogos titulados y, por otra parte, no les facilita una formación seria ni una promoción adecuada.

- La ilusión, tan natural y comprensible, de poder resolver los problemas con un par de visitas y la frustración que se experimenta cuando se comprueba que esto no es así y que, además de tiempo y dinero, hace falta un esfuerzo personal.

 

 

 

Artículo: ¿De quién es el problema? - Carme Vilaginés Ortet

Los mecanismos psicológicos llamados de defensa son recursos inconscientes que utilizamos cuando algo nos inquieta o angustia. Algunos cumplen muy bien su misión de defensa, pero los hay que agravan el conflicto o que lo exportan a otras personas. El exportador por excelencia es la proyección. La proyección nos permite colocar nuestras inquietudes, o lo que no nos gusta de nosotros mismos, en quienes nos rodean. A veces también exportamos cualidades, pero hoy nos concentraremos en la exportación inconsciente de nuestras deficiencias hacia el ámbito familiar.

Los niños, debido a su inmadurez, son psicológicamente débiles y no pueden defenderse de las proyecciones que reciben. Es bien frecuente descubrir que un problema, aparentemente intrínseco de un niño, no es más que la proyección de un conflicto de uno de los adultos o de algún hermano mayor. Aunque es un fenómeno que no tiene lugar únicamente con los más pequeños, es en ellos donde suele resultar más peligroso.

Pensemos en un padre o una madre con aspectos agresivos, vagos o desorganizados. Como estos aspectos les resultan altamente desagradables, no se los reconocen como propios. Cuando, en uno de los hijos, aparezca una sombra de la misma problemática, cargarán las tintas contra la agresividad, la pereza o la desorganización del niño. Verán sus propias deficiencias sólo en la criatura y tratarán, por todos los medios posibles (sermones, censuras, castigos), que el niño las resuelva. Así, le irán sobrecargando y llegará a un punto en que el hijo, que ya estarà casi del todo convencido de que efectivamente es agresivo, vago o desorganizado, quedará aplastado por tanta carga (la propia y la del adulto), empezará a funcionar francamente mal y el problema irá multiplicándose.

Sería muy saludable que, siempre que viésemos en los demás, y sobre todo en los niños, unos aspectos que nos resulten insoportables, nos pudiésemos preguntar de quién es el problema: de la criatura, de nosotros o de ambos. Ello evitaría mucho sufrimiento familiar, ya que podría propiciar una tarea preventiva respecto a los problemas reales del menor, si los hubiera, a fin de evitar su agudización y cronificación.

 

 

 

Artículo: ¿Cómo elegimos a nuestra pareja? - Carme Vilaginés Ortet

En general, las personas no podemos saber por qué nos hemos aparejado con una determinada persona. En nuestro interior existe una realidad profunda y desconocida que es el motor de nuestra manera de enfocar la vida y de relacionarnos con los demás. Podemos pensar que la pareja nos gusta porque tiene unas determinadas cualidades, porque es emprendedora, inteligente, agradable y simpática, porque tiene belleza y por muchas otras cosas. Pero este pensamiento puede no tener nada que ver con la realidad de nuestro mundo interno.

Suele ocurrir que, tras el fracaso en una primera relación de pareja, vuelva a repetirse el mismo tipo de relación insatisfactorio con una segunda persona y, a veces, incluso con una tercera. Hay quien, llegado a este punto, decide no pensar más en parejas estables y ya no lo vuelve a intentar. ¿Qué pasa con todo ello?

Lo primero que un niño debe aprender es a relacionarse. Desde que nace, inicia un proceso que, si todo va bien, le permitirá llegar al desarrollo completo de su personalidad. Lo esencial de este proceso se reduce a la palabra "relación". A través de la interacción con las primeras personas que se ocupan de él, la criatura interioriza una determinada manera de relacionarse que, como una pauta marcada indeleblemente, la obligará, desde su mundo interno y desconocido, a seguir repitiendo, sobre todo con los más íntimos, ese mismo tipo de relación aprendido en la más pequeña infancia. Relación que puede ser armónica, de dominio, de dependencia, de sometimiento ...

La elección de pareja se basa en este tipo de "marcaje psicológico" grabado en el inconsciente y que cuenta con una especie de radar mental capaz de encontrar una persona con las características psíquicas que permitan repetir con ella el tipo de relación a que se está acostumbrado. Pero las dos personas pueden evolucionar a ritmos diferentes y el equilibrio de los primeros tiempos puede desestabilizarse. Y aquí empiezan los problemas.

A veces, ante la primera experiencia de tropiezo seria, se es capaz de llevar a cabo una reflexión en profundidad facilitadora del cambio interno necesario para rectificar actitudes y consolidar una pareja que estaba a punto de romperse. A veces, antes de que se pueda recurrir al pensamiento, se produce una ruptura brusca con la pareja y la reflexión, si es que más tarde se consigue reflexionar, lo único que puede evitar es volver a tropezar con la misma piedra. Pero lo más frecuente, triste y doloroso, sucede cuando las personas afectadas no son capaces de llegar a comprender el porqué de su infortunio. En este caso, van repitiendo, una y otra vez con diferentes personas, la misma manera de hacer que lleva al fracaso de la relación.


Una resolución favorable de estas situaciones depende, como acabo de exponer, de motivaciones psicológicas que están fuera del alcance de la comprensión consciente, por lo que es muy difícil, en general, que pueda llegarse a resolver, sin ayuda, el conflicto interno que empuja a la repetición. Cuando no se consigue, sólo una ayuda profesional externa podrá ser lo suficientemente objetiva para facilitar el grado de comprensión imprescindible que rompa el círculo vicioso en el que se está atrapado.

 

 

 

Artículo: El acoso moral en el lugar de trabajo - Laura Fernández Gesalí

Nos referimos a acoso moral (AM) en el puesto de trabajo cuando hablamos de una forma de maltrato que se sustenta en una relación perversa. Este acoso conocido por mobbing, no describe una nueva forma de sufrimiento. El único elemento nuevo que lo caracteriza de forma específica respecto de otros es el contexto en que se da.

El AM no es la ansiedad o la depresión derivados del estrés motivado por cambios en la política de empresa, ni el estrés originado por desacuerdos, ni la desazón causada por un superior exigente y desconfiado, ni la rabia que puede suscitar un compañero de trabajo irresponsable... Estos son ejemplos evidentes de casos de malestar en relación al puesto de trabajo y de los que se puede hablar y encontrar soluciones. El AM es una relación de maltrato que se apoya en la perversión de quien maltrata, que tiene lugar en el contexto laboral y ante la cual el resto del grupo suele adoptar una actitud pasiva o de alianza con el agresor.

La relación patológica, en muchas ocasiones, ya existía antes de que el AM se hiciera evidente, porque desde el principio de la relación el maltratador no ha vivido la persona agredida como sujeto sino como objeto y no acepta ningún criterio propio o diferencia. El maltrato se materializa a partir de un desacuerdo o un no, por ejemplo. Pero el desencadenante puede ser de un orden muy diferente un embarazo por ejemplo, que derivará en una baja, un duelo... Es decir, cuando la víctima expresa unas prioridades que no comparte el agresor. Esto provoca sentimientos negativos al maltratador y, a partir de este momento, se dedicará en cuerpo y alma a hacer la vida imposible a la víctima.

En una primera fase, la agresión se manifiesta en el plano no verbal mediante descalificaciones sutiles, ignorando la víctima, intentando crearle confusión con mensajes contradictorios, distorsionando el significado de sus acciones a fin de irle generando inseguridad y ponerla en evidencia ante el resto del grupo. Por lo tanto, es muy difícil poder llevar el conflicto a nivel verbal. La víctima se desorienta, puede negar el hecho real del maltrato o intentar entender la situación hablando del conflicto con quien la agrede. Pero no lo conseguirá porque las reglas del juego, de entrada, son las del maltratador. Más adelante, cuando la situación se hace evidente, la persona agredida sentirá vergüenza por no saber defenderse y se indignará progresivamente. Puede que pase al ataque o que haga síntomas como deprimirse o somatizar. Todo será utilizado por maltratador. También puede ser que, en el momento que la víctima reacciona, el maltratador se enoje y se sienta impulsado a pasar a la acción con agresiones verbales evidentes. Al mismo tiempo suele intentar descontextualizar la reacción de la persona agredida buscando la alianza del resto del grupo.

¿Qué le pasa al agresor que estamos describiendo? Generalmente se trata de personas a quienes su realidad no les satisface y necesitan la admiración de los demás, no el reconocimiento que sería una necesidad sana. Es muy difícil que pida ayuda, porque eso sería reconocer sus dificultades.

¿Y qué le pasa al agredido? En general se trata de personas autoexigentes, responsables y con tendencia a culpabilizarse y que hacen su trabajo con eficacia e iniciativa. En general tienen una buena aceptación del entorno del que necesitan el reconocimiento, muchas veces en exceso, para compensar su tendencia al auto reproche. Podríamos decir que el agredido tiene un fondo depresivo en su interior que el opresor sabe cómo activar.

En contraposición a la imposibilidad de cambiar que tiene el agresor, es importante remarcar que el agredido puede aceptar ayuda e introducir cambios. Asumiendo la realidad, podrá buscar soluciones más favorables y adecuadas para acabar con el acoso moral.

 

 

 

Artículo: Sentirse solo - Carme Vilaginés Ortet

En general, la soledad no gusta, porque los seres humanos necesitamos la compañía de los demás. Si al nacer nos dejaran solos, moriríamos sin remedio. Al crecer, si desde el punto de vista psicológico las cosas nos han sido favorables, habremos adquirido la capacidad de estar solos, de sentirnos bien en soledad e, incluso, podremos desear estar solos, de vez en cuando, tranquilos con nosotros mismos.

Sentirse a menudo solo, cuando se está acompañado, o vivir las situaciones de soledad real con fuerte angustia, indica que algo no acaba de ir bien en nuestro interior. No hay recomendaciones ni consejos que lo puedan solucionar. Quien haya experimentado esa angustia sabe muy bien que la buena voluntad de quienes le rodean no les soluciona nada. Puede aliviarles momentáneamente, pero el problema vuelve a presentarse, porque se trata de un conflicto psíquico de difícil acceso que requiere una investigación a fondo, ya que depende de aspectos totalmente subjetivos difíciles de conocer y, consecuentemente, difíciles de controlar. Sentirnos solos y sufrir por ello o sentirnos bien estando realmente solos, depende esencialmente de nuestra capacidad de sentirnos, desde nuestro interior, en buena relación y armonía con las personas que, a lo largo de nuestra vida, han sido más significativas para nosotros.

Hay quien ha vivido rodeado de cariño desde su más tierna infancia y, por su idiosincrásica manera de ser, muy pocas veces ha podido sentirlo así. Incluso ha podido interpretar el afecto de los demás como hipocresía u hostilidad. Son los que más a menudo se sienten solos o desdichados. Al contrario, quien haya podido experimentar sus relaciones con el entorno como primordialmente cariñosas, contará, dentro de su mente, con una compañía amorosa que, por un lado, le facilitará poder sentirse seguro y confiado aunque se encuentre en situaciones difíciles o de extrema soledad y, al mismo tiempo, evitará que se convierta realmente en un ser solitario y amargado. En sus momentos bajos, sabe que puede buscar y encontrar a alguien en quien confiar y eso impide que pueda quedar encerrado en sí mismo.

 

 

 

Artículo: Físico y psíquico - Carme Vilaginés Ortet

Hay enfermedades físicas y las hay psíquicas. Las primeras pueden detectarse claramente a través de los diferentes síntomas que aparecen y ello facilita que puedan ser tratadas de inmediato. Las segundas son más difíciles de ver porque no suele darse la importancia que habría que prestar a la aparición de los primeros síntomas.

En general, ante un comportamiento anómalo o una reacción imprevisible o inesperada, las personas sentimos la necesidad de tranquilizarnos rápidamente y, para ello, buscamos explicaciones de sentido común que puedan ser entendidas a través de la razón. Esto impide que pueda llevarse a cabo una exploración exhaustiva para aclarar si se trata de un fenómeno puramente circunstancial o si, en cambio, es el primer aviso de que algo no funciona adecuadamente. Los síntomas del desajuste psicológico pueden ir variando, y algo que al principio era muy visible e incluso aparatoso desde el punto de vista del comportamiento (insomnio, manías, cansancio, irritabilidad, desgana, dispersión, tristeza), a medida que la anomalía no es atendida, empeora, varía y puede expresarse de maneras muy diferentes:

1 - los síntomas pueden resultar más vistosos y espectaculares. Eso sería lo mejor para la persona que sufre, ya que la vistosidad exigiría que se le prestara atención.

2 – los síntomas pueden quedar enmascarados hasta el punto de que la persona afectada manifieste una conducta externa dentro de unos parámetros "normales". En este caso, la angustia la vivirá sólo la persona afectada, la cual puede llegar a convencerse de que "la vida es así" y no se le ocurrirá pedir ayuda.

3 - los síntomas abandonan completamente el área psíquica y, como lo físico y lo psíquico mantienen una relación muy estrecha, se manifiestan a través del cuerpo, a base de frecuentes enfermedades de todo tipo: enfermedades en la piel, asma, tensión sanguínea alterada, estómago…

El malestar psíquico se está expresando a nivel corporal y ello hace que resulte mucho más difícil que se consiga la atención psicológica necesaria, porque la tendencia generalizada es, lógicamente, atender la urgencia física lo antes posible. Cuando la enfermedad física se soluciona, se considera que ya está todo resuelto y no suele investigarse más, con lo que el problema sigue en estado latente y tarde o temprano volverá a aparecer, muy a menudo a través de una nueva enfermedad.

 

 

 

Artículo: La problemática adoptiva. ¿Es igual un hijo adoptado que uno propio?  Carme Vilaginés Ortet

Desde los medios de comunicación se ha ido debatiendo el tema de las dificultades que las parejas encuentran para poder llegar a adoptar. De lo que se ha tratado muy poco es de los conflictos y los porqués de los conflictos con los que inevitablemente tendrán que enfrentarse los futuros padres adoptivos.

Es natural que así sea. Si juntamos la poca predisposición humana, en general, a cuestionarse o plantearse los pros y los contras como paso previo para lograr la realización de un deseo, con la necesidad social de ofrecer una familia a los niños en situación de abandono legal, el resultado no puede ser otro: que se hable de la adopción como de algo altamente idealizado, de las dificultades para conseguir el niño deseado y que se silencien los posibles problemas inherentes a toda adopción.

Hay una serie de convencimientos muy arraigados entre la población y uno de los principales es que no hay diferencia entre tener un hijo adoptivo o uno natural.

Cuando los profesionales de la psicología intentan hacer pensar a los posibles futuros padres adoptivos en las cuestiones problemáticas más frecuentes con que pueden llegar a encontrarse, son bien pocos los que no recurren sistemáticamente a: "Eso también puede ocurrir con un hijo propio". Es verdad que con un hijo biológico pueden suceder las mismas cosas. Y, de hecho, algunos hijos biológicos deben enfrentarse a muchas situaciones difíciles y a algunas bien indeseables, sobre todo los niños que no han podido contar con un ambiente familiar equilibrado y armónico.

En general, cuesta mucho entender que una adopción no es igual a tener un hijo biológico, pero es muy distinto que un hecho determinado tenga lugar en la relación con un hijo propio o que ocurra con un hijo adoptivo. La reacción que padres e hijo experimentan, los sentimientos profundos que les asaltan y las consecuencias relacionales que derivan de ello son completamente diferentes.

No es lo mismo desear un hijo, engendrar-lo, gestarlo, ayudarle a nacer, ayudarle a crecer y darle amor desde el primer instante, que desearlo, pedirlo y recibirlo sin poder saber qué le ha sucedido en sus primeros momentos de vida, sin haber podido disfrutar de ese primer contacto y, sobre todo, sin saber cómo ni con quién ese contacto ha tenido lugar, sin saber nada de los progenitores y sin poder averiguar qué es verdad y qué no lo es de lo poco que se les pueda explicar sobre los orígenes del niño y sobre su abandono y desamparo.

Los rudimentos para el futuro desarrollo mental de la especie humana se inician dentro del útero materno, y para la maduración y el desarrollo psicológico saludable del niño tiene muchísima importancia el tipo de relación que se establece, desde que llega al mundo, entre el bebé y la madre, o quien le haga de madre con dedicación y continuidad. Si sabemos esto, hay que tenerlo muy presente a la hora de pensar en una adopción. Hay que poder reflexionar, cada uno debe medir sus fuerzas y sus capacidades para llevar a cabo la tarea reparadora imprescindible que los padres adoptivos deben enfrentar, además de las tareas habituales de todos los padres. Hay que saber que pueden presentarse situaciones incomprensibles, muy duras y difíciles de resolver.

No es bueno dejar que la ilusión por algo tan deseado impida pensar en la realidad, porque la realidad siempre terminará imponiéndose. Hay que tener en cuenta los posibles contratiempos y medir muy bien las propias capacidades y limitaciones. Sólo así puede evitarse dar pasos en falso y la adopción, bien apensada y bien preparada, puede convertirse en una experiencia bonita y satisfactoria para todos los implicados.

 

 

 

Artículo:  Dormir no se enseña, pero aprender a estar solo, sí  - Ainhoa Corbera 

¿Se ha encontrado alguna vez en una situación similar? Son las ocho de la mañana, es hora punta y como cada dia coge el metro para ir al trabajo. Los mismos anuncios, las mismas pintadas en la pared ... Sube al vagón habitual, el que queda justo al lado de la salida que le interesa. De entre la multitud puede reconocer alguna de las caras anónimas, y al mismo tiempo extrañamente conocidas, que le acompañan en la rutina de cada mañana.

De repente, el tren frena, las máquinas se detienen, las luces se apagan y la oscuridad le rodea. No se oye nada, no se ve nada. Durante unos segundos una sensación de miedo le invade y nada en su interior puede hacerla desaparecer. Por un momento se encuentra solo, solo entre tanta gente. Sólo pasa un minuto, pero parece una eternidad. Después la gente empieza a moverse, alguien rompe el hielo y se queja en voz baja, alguien tose ... y entonces empieza a pensar que sí, que el miedo se puede dominar, que no pasa nada, que cada día coge el metro ... recuerda que no hace mucho ocurrió lo mismo y que segundos después todo volvió a la normalidad. Pronto encenderán las luces, piensa. Puede esperar, se dice. Respira hondo y se tranquiliza. Efectivamente, se abren las luces y el metro sigue su trayecto.

Ahora imagine otra situación vivida por un niño de unos siete meses. Ha estado todo el día acompañado de un adulto, el padre o la madre, y unas horas las ha pasado a la guardería. Al llegar a casa, la madre le ha dado la cena, ha jugado un rato con él y ya es la hora de ir a dormir. Le acompañan en la camita.

De repente, las luces se apagan y la oscuridad le rodea. No se oye nada, no se ve nada. Durante unos segundos una sensación de miedo le invade y nada en su interior puede hacerla desaparecer, simplemente porque no entiende lo que está pasando. Un niño de siete meses no puede pensar "no pasa nada". Es demasiado pequeño para darse cuenta de que cada día los padres lo dejan durmiendo en su camita y que al cabo de unas horas, por la mañana, vuelven. Es demasiado pequeño para esperar. Ha pasado un minuto, y no es sólo que le parezca una eternidad, sino que para él, que sólo ha vivido siete meses, un minuto es verdaderamente una eternidad.

De repente, aparece la madre y el niño deja de llorar. La presencia de la madre, su voz, su olor, le tranquiliza. La madre lo acaricia un rato y el niño vuelve a dormirse. Un niño de siete meses necesitará vivir esta experiencia muchas veces para llegar a entender que no pasa nada, que, efectivamente, puede cerrar los ojos y respirar hondo, que tiene un padre y una madre que le aman y cuidan de él. Con la experiencia continuada de llorar y ser atendido aprenderá que puede dormir tranquilo, porque no está solo, los padres, aunque no los vea, están.

Los adultos les llevamos varios años de ventaja a los niños de siete meses, no cree?

Hemos pasado tantas veces por tantas experiencias similares que ya no necesitamos un padre o una madre al lado que nos diga que el metro arrancará en pocos segundos, nos lo decimos nosotros mismos. Ahora no los necesitamos, no, pero cuando teníamos meses de edad quizás sí que nos hacían falta. El problema es que estamos tan distanciados de nuestra etapa infantil que a veces nos cuesta imaginar que es lo que puede estar sintiendo un niño tan pequeño, ¿qué es lo que le hace llorar de esa manera tan aterradora a las tres de la madrugada? ¿De verdad piensa que lo hace sin ninguna razón? ¿que lo hace por dar la lata? No, lo hace porque tiene miedo, miedo de estar solo.

El aprendizaje "de estar solos", es precisamente eso: un aprendizaje. Es un proceso que el niño debe experimentar gradualmente, a medida que va creciendo, en todos los momentos del día y no sólo por la noche, por ejemplo cuando el niño está a cierta distancia de los adultos, en la cuna, sintiendo como la madre le prepara la comida, o viendo el padre cerca haciendo otra tarea. Esta experiencia de distanciamiento y de proximidad al mismo tiempo tendrá que aumentar de manera progresiva sin que el niño se sienta abandonado. Si en algún momento sintiera malestar, miedo o decepción, es necesario que haya alguien que lo calme, lo entienda, le verbalice qué le pasa, es necesario que haya alguien que esté cerca emocionalmente.

Veamos unos ejemplos que pueden ser clarificadores. Un niño A llora porque tiene hambre. La madre le habla mientras se prepara para amamantarlo o mientras pone en marcha el microondas para calentar el biberón. Sólo cuando esta experiencia se le haya repetido varias veces, el niño se podrá tranquilizar sólo al oír la voz de la madre o el ruido del microondas.

Por el contrario, no pasaría lo mismo en otra situación donde un niño B debe llorar un buen rato antes de que se le haga caso y, además, si este rato de llanto no es nunca el mismo: uno días más y otros menos, dependiendo de lo ocupados que estén los padres.

Por último, un niño C que cada vez que tiene hambre, tan sólo comenzar a llorar la madre, que ya tiene el pecho o el biberón preparado desde hace rato, no tarda ni dos segundos en ponérselo en la boca .

El resultado de estas experiencias podría ser el siguiente:

El niño A estaría aprendiendo a esperar, a separarse de la madre y a "estar solo", mejor dicho, estaría aprendiendo a sentirse acompañado por dentro, porque a través de la experiencia ha interiorizado unos padres que entienden sus necesidades . Es probable que este niño deje de llorar a medida que va creciendo y al cabo de un tiempo pueda comunicarse de una manera menos dramática.

El niño B el que estaría aprendiendo es que las cosas ni dependen de él ni tienen un sentido. Vera que hay días que sirve llorar y hay días que llorar no sirve de nada. Es muy probable que este niño inhiba su llanto, que inconscientemente piense que no vale la pena comunicarse, pues no ha podido sentirse acompañado por dentro porque ha interiorizado unos padres que a veces están y a veces no. Es muy probable que se sienta inseguro ante cualquier situación que implique una separación, como puede ser el hecho de ir dormir.

Al niño C lo que le estarían enseñando es a creer que el mundo es inmediato, que la madre y él están tanto enganchados que podrían ser la misma persona. No podría saber qué es estar separado ya la hora de acostarse, entonces, los padres pretenderían que lo aprendiera de repente, sin habérselo lo enseñado nunca.

Todo esto, que puede parecer una exageración no lo es. Son numerosos los casos en los que una falta de un vínculo firme con los padres, o bien una excesiva sobreprotección y anticipación de los padres, hacen que el niño crezca inseguro o no entienda que él mismo tiene una entidad propia y que ya no es parte del cuerpo de la madre, como lo fue durante los nueve meses de gestación.

Necesitaremos enseñarle que estar separado de los padres no significa estar abandonado. Que no es lo mismo estar solo que sentirse solo. Es cierto que hoy en dia en mucha familia es necesario que trabajen ambos padres, pero también es cierto el dicho: "es mejor la calidad que la cantidad". Por ello, es necesario que los momentos que pasamos con nuetro hijo, aunque no sean tantos como nos gustaría, sean significativos. Es importante que el niño sienta que aquel rato es exclusivo para él. Es necesario que le abracemos, le hablemos, juguemos, para que se sienta cerca emocionalmente. Esto le dará suficiente seguridad para que se atreva a probar y experimentar. Si le acompañamos a una cierta distancia aprenderá a separarse... aprenderá que aunque se apaguen las luces, el tren de la vida continuará su trayecto.

 

 

 

Artículo: Ser una pareja  -  Pere Jaume Serra Renom

Crear una pareja, ser una pareja, es un resultado de un proceso complejo y laborioso. La pareja se configura en el encuentro personal, a partir de necesidades muy diversas, desde satisfacer la necesidad de compañía, de comprensión, de compartir vivencias e intereses a poder satisfacer las necesidades sexuales.

Constituir una pareja conlleva un proceso de acoplamiento mutuo, de un reconocimiento de las capacidades individuales y de una aceptación de las limitaciones propias de cada uno. Por eso hablamos de hacer un proceso, ir dando sentido al propio itinerario vital que permita ir descubriendo la realidad individual más allá del enamoramiento. Un conocimiento de la realidad permitirá construir unos proyectos comunes, compartidos por los dos, que ya no son los de uno o del otro.

Compartir las vivencias, hacer una vida en común, permite organizar las pautas y los ritmos de la vida cotidiana. Compartir y disfrutar de la sexualidad crea un ámbito de intimidad y de privacidad que, a su vez, estimula nuevas posibilidades de conocimiento y de re-conocimiento.

La convivencia, en todos los sentidos, es lo que facilita que se vaya creando un espacio común compartido. Un espacio que no es simplemente físico sino, sobre todo, mental. El espacio común es el ámbito de la convivencia, de complicidades, de vivencias, de vínculos afectivos que puede compartir cada pareja y es también el resultado del esfuerzo que deben hacer ambos para crearlo y mantenerlo.

La relación amorosa sigue los avatares y los procesos de la vida: desde el conocimiento y el enamoramiento a las contingencias de la convivencia, el conocimiento progresivo de uno y otro, las relaciones sexuales íntimas, la vida laboral, el hogar , ... la relación se amplía con la llegada de los hijos, con todas las incidencias y las preocupaciones de su crecimiento. La vida va configurando y toma sentido por el conjunto de vivencias que pueden convertirse en nuevas posibilidades de entendimiento o bien ser una guarida de desavenencias y malentendidos importantes. A menudo, la pareja se ve afectada por las pérdidas y duelos uno de ellos por ejemplo, será poder digerir la independencia de los hijos lo que plantea nuevos retos a la convivencia de los dos. La pareja, por tanto, siempre tiene una tarea que hacer para poder dar sentido a los nuevos retos de la vida en común si no se quiere caer en la rutina o en el progresivo distanciamiento emocional.

A menudo acontece que las contingencias de la vida hayan producido un distanciamiento progresivo. Si este distanciamiento va quedando inadvertido o si simplemente se deja de lado crea una fuente de malentendidos. El malentendido hace patente las dificultades para tener una buena comunicación. Uno se siente mal comprendido, mal interpretado, y se rebota contra el otro con lo cual se va alimentando un circuito de incomprensión. En muchos casos la discusión encubre el dolor por la no comprensión. Se inicia, entonces, un juego de culpas cruzadas, se instala el malestar, va creciendo la insatisfacción y se hace patente la pérdida de interés del uno por el otro, se acentúa el aislamiento ... el sufrimiento, entonces, se hace evidente y manifiesto.

Si la pareja hace tiempo que se encuentra atascada en estos problemas y los conflictos se repiten y cronifican puede resultar positivo proponer una terapia de pareja para tratar a fondo los motivos de los conflictos. El terapeuta puede ayudar a ver y hacer conscientes las dificultades que entorpecen o que imposibilitan la buena relación para que la pareja se vaya planteando los cambios que pueden ser más convenientes.

Crear una pareja, decíamos, es hacer un proceso. Dentro de este proceso debe haber un espacio para confiar en las capacidades de poder reparar y dejarse reparar por el otro. La reparación permite ir dejando la acusación de las culpas y posibilita un encuentro basado en una comprensión más amplia y personal de uno con el otro.

 

 

 

Artículo: ¿Aconsejar o promover pensamiento? - Carme Vilaginés

Durante mi experiencia profesional, he ido observando que a las personas que piden asistencia psicológica para superar una situación emocional determinada, les cuesta poder aceptar una ayuda psicológica que les represente tener que hacer un trabajo de introspección y de reflexión, tener que pensar para entender cuáles son las fuerzas desconocidas que les acosan y les mantienen atascados y, en definitiva, tener que hacer lo necesario para salir del pozo en el que se sienten sumergidos.

He ido constatando también que la demanda viene en estos términos porque los afectados se encuentran ante la necesidad imperiosa de resolver el problema, pero también porque hay un desconocimiento o una deformación más o menos malintencionada sobre qué es el trabajo psicoterapéutico.

Creo que vale la pena poder ir clarificando ciertos aspectos de especial importancia. La demanda de ayuda que solemos recibir se concreta, en líneas generales, en la expresión consciente o inconsciente del deseo de dar una rápida solución a lo que nos angustia. La fantasía que suele haber bajo este deseo es la expectativa de poder encontrar, en la figura del psicólogo, alguien sabio y poderoso que, con una visita o dos, pueda resolver lo que, a menudo, hace tiempo, a veces años, que intranquiliza. Las personas están en principio dispuestas a aceptar algún consejo que, según creen, podrán seguir. En la mayoría de los casos, lo piden concretamente: ser orientados, guiados e, incluso, juzgados. Es decir, piden, sin darse cuenta, que les coloquemos en una situación de dependencia-enganche y que nosotros mismos nos situemos en una posición de consejero, mentor o guía constante ya que, si no se resuelve el problema de fondo que les afecta, deberán ir consultando cada vez que vuelvan a hallarse en una situación de conflicto.

Como el hecho de vivir equivale a ir enfrentando y resolviendo constantemente situaciones de conflicto más o menos agudas, ¿cuál debe ser, pues, nuestra función como psicoterapeutas? ¿Darles un empujón en forma de consejos para que, si los pueden seguir, floten durante una temporada, o procurar que entiendan que necesitan adquirir los recursos necesarios para aprender a flotar por sí solos si es que vuelven a ir hacia abajo? ¿Tenemos que darles peces o debemos enseñarles a pescar? ¿Tenemos que darles consejos y orientaciones o tenemos que enseñarles a pensar las cosas de una manera diferente a como lo han venido haciendo hasta ahora? ¿Tenemos que convetirles en dependientes o es necesario crear un tipo especial de dependencia terapéutica que les lleve a la salud y a la libertad de pensamiento? La respuesta, pienso, es obvia.

Llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿cómo es, pues, que, en general y en la vida corriente, haya tanta gente, incluso psicoterapeutas, convencidos de que dar consejos puede ayudar? He aquí la respuesta que suelen hallar: "porque a veces, los consejos son buenos, son seguidos y dan buenos resultados". ¿Qué ocurre, pues? No es, como parece, una contradicción con lo que acabo de decir. Lo que de verdad está sucediendo es que, siempre que tenemos un conflicto, solemos dirigirnos inconscientemente a la persona que nos dará el consejo que somos capaces de seguir. Una prueba de ello es que, para unos temas, acudimos a unas personas y, para otros, vamos a buscar a otras. Sabemos cómo piensan, cómo son, cómo enfocan la vida, y hacemos una elección, a menudo inconsciente, que nos permitirá escuchar lo que, por dentro, probablemente ya estamos intuyendo. Es por eso que los aconsejadores, en general, pueden continuar sintiéndose útiles. Y no digo que no lo sean. Pero su utilidad es sólo la de poner en palabras el consejo que, quien lo pide, ya tiene en su mente. Además, cuántas personas no se han enfadado con alguna amistad cuando, tras afanarse en aconsejarla, sus indicaciones no han sido ni remotamente seguidas? Esto es un claro exponente de que nadie puede aceptar ni seguir una orientación para la que no esté emocionalmente dispuesto. Nadie puede seguir un consejo que no vaya en la dirección de lo que, por dentro, sea capaz de asumir. Si el consejo recibido choca con nuestro convencimiento interno en contra, no seremos capaces de seguirlo por mucho que nos esforcemos. Tendremos toda la intención de hacerlo, pondremos toda nuestra voluntad en ello... pero, llegado el momento, volveremos a enfocar una determinada situación exactamente como siempre.

Por lo que acabo de decir, todo es especialmente grave en el terreno de la asistencia psicológica. ¿Cuál es la función del psicólogo? Volvemos a preguntarnos. ¿Aconsejar y hacer que dependan indefinidamente de los buenos consejos? ¿ Facilitar que las personas que piden ayuda puedan recibir la única ayuda que les permitirá llegar a ser capaces de aconsejarse adecuadamente a sí mismos y hacer caso de sus propios consejos?

En el primer supuesto, la persona queda "enganchada" al terapeuta-aconsejador, puede no atreverse a hacer nada por su cuenta sin tener el visto bueno del guía. O, si no puede seguir el consejo que ha recibido, el "buen consejo" del experto, si no puede hacer lo que "el que sabe" le recomienda, se verá abocado, además, a sentirse culpable, avergonzado y a derrumbarse más todavía.

Sólo la segunda vía conduce a la independencia emocional. Sólo entendiendo los conflictos que dificultan vivir armónicamente, la persona será capaz de conseguir que se produzca, en su interior, la transformación necesaria para encarar el futuro de una manera más adulta y, consecuentemente, más satisfactoria.

 

 

 

Artículo: TDAH, un abordaje integrador desde la complejidad - Mercè Mabres

El TDAH (Trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad) suscita una de las mayores controversias del momento actual de la psiquiatría y la psicología infantil. En muchas guías clínicas y en determinados ámbitos se considera un trastorno eminentemente neurobiológico pero la realidad clínica, explorada de forma minuciosa, pone de manifiesto la complejidad psicológica subyacente en esta sintomatología.

Entendemos el TDAH como un síndrome o agrupación de síntomas que se manifiesta en diversas estructuras de la personalidad, es decir, en la organización psíquica del niño/a, en base a las interacciones entre sus competencias y el entorno desde el inicio de la vida. No tiene una causalidad determinada y los factores etiológicos a considerar son múltiples: sociales, familiares, psicológicos y biológicos.

La primera descripción del niño inestable data de finales de siglo XIX y desde entonces ha recibido diferentes nominaciones. La actual de TDAH es de 1987 (clasificación diagnóstica del DSM-III-R), se profundiza en el DSM-IV y se redefinirá en el DSM-V, que saldrá próximamente.

Los principales síntomas son la hiperactividad, el déficit de atención y la impulsividad y, aunque habitualmente coexisten en grado menor o mayor los tres síntomas, hay patrones en los que predomina sólo uno de ellos. La prevalencia del TDAH se sitúa entre el 5 y el 10% según la clasificación diagnóstica americana DSM-IV y del 1 al 2% si se utiliza la CIE-10 o clasificación europea, mucho más estricta. No obstante su incidencia vemos que aumenta día a día.

En primer término, se ha de descartar que la conducta que presenta el niño movido y despistado esté dentro de la normalidad. En segundo lugar, se hace imprescindible un diagnóstico diferencial porque detrás de la misma descripción fenomenológica puede presentarse: retraso mental, trastornos del aprendizaje, neurológicos, del comportamiento, emocionales, afectivos, trastornos generalizados del desarrollo, trastorno límite de personalidad, carencias afectivas graves y abuso de sustancias o bien factores ambientales como: estrés, negligencia, abuso infantil, malnutrición y también falta de límites o cuando estos son incoherentes o puestos sin empatía.

El movimiento constante sin fin (hiperactividad) puede ser la expresión, de inquietudes y malestares psíquicos que precisan de mucha observación y comprensión para ser verbalizados y procesados en el pensamiento, algo imprescindible para la autorregulación de las emociones.

La atención es una función muy compleja del Yo en la que intervienen factores muy diversos. Cuando las emociones pululan de forma desorganizada dentro del psiquismo cuesta mucho focalizar la atención. Esta puede ser de muchos tipos, de hecho continuamente vemos que muchos niños inatentos en clase están hiperatentos cuando juegan a las consolas o están frente al ordenador. Intervienen por tanto en la atención muchos factores como la motivación, la paciencia y la tolerancia a la frustración que son fundamentales tanto para aprender como para relacionarse.

La necesidad comprensible de los padres de localizar lo antes posible los problemas de los hijos y encontrar una terapéutica eficaz hace que, en ocasiones, estos se acerquen a soluciones farmacológicas que ofrecen resultados a corto plazo.

El tratamiento farmacológico con psicoestimulantes (Rubifén, Concerta, Medikinet, Strattera) puede producir una mejoría sintomática, pero si no se atiende también la complejidad del psiquismo del niño y de las relaciones con el entorno, las dificultades subyacentes persistirán en el tiempo y cuando disminuyan los efectos de la medicación, se volverán a poner de manifiesto. Sin embargo, la medicación se verá indicada cuando falla la contención del niño y/o la de su familia y las conductas del niño sobrepasan los límites en todos los ámbitos.

El abordaje integrador de esta sintomatología propone de forma esencial un trabajo terapéutico con el paciente en forma de Reeducación o Psicoterapia que a través de una relación significativa, le ayude a procesar el pensamiento, aprender de la experiencia y descubrir su capacidad para conocer sus sentimientos y los de los demás, tolerar la frustración y, en general, ver el mundo utilizando las mínimas distorsiones defensivas, que empobrecen su personalidad y capacidades.

Se considera absolutamente necesario la coordinación con la escuela para establecer unas pautas educativas que favorezcan al máximo el rendimiento intelectual del alumno desde su especificidad.

Asimismo, es conveniente ofrecer a los padres una orientación y estimulación de sus funciones parentales que les permitan observar al hijo más allá de la sintomatología que presenta. Se tratará de estimular el uso del lenguaje emocional así como el establecimiento de relaciones que promuevan la diferenciación y la comprensión de su malestar psíquico.

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